EL GRAN LIBRO DE LOS LAMAS
(Extracto)
Vecino a China, hacia el occidente, se encuentra el extenso país del
Tíbet, cuya capital Lhassa, es residencia oficial del Dalai-Lama, que es jefe
de la religión y del Estado. Está situada en el centro de una agrupación de montañas,
que son la ramificación septentrional
del Himalaya, al SE, del lago Tengri-nor, cerca del rio Ui-muran (afluente de
Brahmaputra). Lhassa es una ciudad con habitantes esencialmente religioso, con gran número de
templos dentro de su recinto y en las cercanías. El más importante es Potala,
palacio-residencia del Dalai-Lama, aislado sobre una roca de 100 metros de
altura por dos kilómetros de circunferencia. En su centro se levanta
propiamente el templo con cinco soberbias cúpulas doradas y una enorme estatua
de Yamba, recubierta de oro y pedrería que mide 22 metros de altura.
El Gran Lama o Supremo Sacerdote es reverenciado y aun adorado por las
naciones circunvecinas. La elevada opinión que se ha llegado a formar de su
carácter sagrado, induce a un gran número de fieles a acudir a Lhassa.
En torno al gran templo, en la falda de la montaña y en toda la
ciudad, habitan los Lamas de distintas jerarquías. Cuando el Gran Lama se
exhibe al culto del pueblo, lo hace sentado con las piernas cruzadas arriba de
un magnifico altar, sobre un almohadón recamado de oro y pedrería. Los fieles
se postran ante él humildemente; y el permanece
hierático e impasible, sin hablar jamás ni al más elevado príncipe. Con solemne y altiva actitud coloca su mano
sobre las cabezas de quienes
A LA MUJER.- En la grata primavera que es tu juventud, en la mañana de
tus días, cuando las miradas de los hombres se fijen en ti con deleite, procura que los preceptos de la prudencia arraiguen en tu alma. Escucha
con cautela sus palabras seductoras; guarda bien tu corazón y desoye sus pérfidas intenciones. Recuerda
que has nacido para esposa y no para concubina. El fin que te ha sido asignado
es ayudar a tu compañero en los trabajos de su vida, endulzarlos con tu
ternura, recompensando su amor con tus cariñosos cuidados. ¿Quién es el que
subyuga el corazón del hombre? ¡Miradla!, aparece caminando con la serenidad de
una diosa; con la inocencia en su mente y la modestia en su semblante.
No vaga sin objeto, ni esta ociosa. Se viste con limpieza, se alimenta
con templanza; la humildad y la dulzura le forman gloriosa aureola. Su lenguaje
es como una música, miel brota de sus labios… La decencia se muestra en todos
sus conceptos; la verdad y la suavidad
en todas sus palabras. Sumisa y obediente, da lecciones de paz y
felicidad con su ejemplo. Envuelta en su manto de virtud, el licencioso
enmudece en su presencia. Ella no murmura del escándalo o la mala fama de su vecino. Su pecho es la
mansión de la bondad y por eso no supone el mal en los demás. Dichoso el hombre
que haga de ella su esposa; ventura del niño que puede llamarle madre… Reina
del hogar, allí impera la paz: mandando con discreción es siempre obedecida. Se levanta con la luz del sol y el
cuidado de su familia es su afán y delicia. Impone la frugalidad sin sordidez. Administra con prudencia los
bienes que le confía el esposo. Forma las inteligencias de sus hijos dentro de
los preceptos de la sabiduría divina, y amolda sus costumbres y maneras con el
ejemplo de su virtud; por eso, la palabra de su boca es ley para su prole; su
simple mirada impone la obediencia. CON LA LEY DEL AMOR Y EL CETRO DE LA VIRTUD
REINA EN SU HOGAR.